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La teoría del apego: vínculo afectivo

Para saber más

 

John M. Bowlby (1907-1990) nace en Londres en una familia acomodada. Sufrió de niño al poder ver a su madre solo una hora al día después de la “hora del té”, aunque durante el verano ella estaba más disponible. A los 4 años perdió a su cuidadora y con 7 fue llevado a un colegio interno. Su propio sufrimiento infantil le hizo interesarse por las relaciones emocionales durante la primera infancia.

Bowlby estaba interesado en encontrar los patrones de interacciones familiares involucrados tanto en el desarrollo sano como en el patológico. Focalizó su atención en cómo las dificultades de apego se transmitían de una generación a otra.

Mientras trabajaba para la Organización Mundial de la Salud (OMS) en 1951 Bowlby elabora “Cuidado Maternal y Salud Mental” donde expone su teoría de la “Necesidad Maternal”. Bowlby describe el proceso por el cual el bebe desarrolla un firme apego o unión con su madre dentro de los primeros seis meses de vida que si se rompe causaría serias consecuencias, aunque en la actualidad se opina que las experiencias negativas tempranas son reversibles y si las condiciones mejoran, también lo puede hacer la salud psicológica del niño.

La tesis fundamental de la Teoría del Apego es que el estado de seguridad, ansiedad o temor de un niño es determinado en gran medida por la accesibilidad y capacidad de respuesta de su principal figura de afecto (persona con quien establece el vínculo de apego).

En su visión, el comportamiento de apego era una estrategia evolutiva de supervivencia para proteger al infante de predadores. La necesidad de bebé de estar próximo a su madre, de ser acunado en brazos, protegido y cuidado fue estudiada científicamente.

El trabajo de Bowlby estuvo influenciado por Konrad Lorenz quien en sus estudios con gansos y patos en los años 50, reveló que las aves podían desarrollar un fuerte vínculo con la madre (teoría instintiva) sin que el alimento estuviera por medio. Pero fue Harry Harlow con sus experimentos con monos, y su descubrimiento de la necesidad universal de contacto, quien le encaminó de manera decisiva en la construcción de la Teoría del Apego.

El bebé –según está teoría- nace con un repertorio de conductas innatas las cuales tienen como finalidad producir respuestas en los padres: la succión, las sonrisas reflejas, el balbuceo, la necesidad de ser acunado y el llanto, no son más que estrategias por decirlo de alguna manera del bebé para vincularse con sus papás. Con este repertorio los bebés buscan mantener la proximidad con la figura de apego, resistirse a la separación, protestar si se lleva a cabo (ansiedad de separación), y utilizar la figura de apego como base de seguridad desde la que explora el mundo.

La teoría del apego tiene una relevancia universal, la importancia del contacto continuo con el bebé, sus cuidados y la sensibilidad a sus demandas están presentes en todos los modelos de crianza, con variaciones según el medio cultural, pero manteniéndose la universalidad de la importancia del apego.

“Un niño que sabe que su figura de apego es accesible y sensible a sus demandas les da un fuerte y penetrante sentimiento de seguridad, y la alimenta a valorar y continuar la relación” (John Bowlby).

Fases del apego

El establecimiento del lazo afectivo, según Bowlby, evoluciona a través de cuatro etapas:

  1. Fase de preapego. Abarca desde el nacimiento hasta las seis primeras semanas aproximadamente. Durante este periodo, la conducta del niño consiste en reflejos innatos que tienen un gran valor para la supervivencia: sonrisa, lloro, mirada,… el bebé atrae la atención de otros seres humanos; y, al mismo tiempo, es capaz de responder a los estímulos que vienen de otras personas. Prefieren la voz de ésta a la de cualquier otro adulto a pesar de que todavía no muestran un vínculo de apego propiamente dicho.
  2. Fase de formación del apego. Abarca desde las seis semanas hasta los seis meses de edad. En esta fase, el niño orienta su conducta y responde a su madre de una manera más clara de cómo lo había hecho hasta entonces. Sonríe, balbucea y sigue con la mirada a su madre de forma más consistente que al resto de las personas. Todavía no muestran ansiedad de separación a pesar de reconocerla perfectamente. No es la privación de la madre lo que les provoca enfado, sino la pérdida de contacto humano.
  3. Fase de apego propiamente dicha. Este periodo está comprendido entre los 6-8 meses hasta los 18-24 meses. A estas edades el vínculo afectivo hacia la madre es tan claro y evidente que el niño suele mostrar gran ansiedad y enfado cuando se le separa de ésta. A partir de los ocho meses el bebé puede rechazar el contacto físico incluso con un familiar muy cercano ya que lo único que desea y le calma es estar en los brazos de su madre. La mayor parte de las acciones de los niños tienen el objetivo de atraer la atención de la madre y una mayor presencia de ésta.
  4. Formación de relaciones reciprocas. Esta fase comprende desde los 18-24 meses en adelante. Una de las características importantes es la aparición del lenguaje y la capacidad de representar mentalmente a la madre, lo que le permite predecir su retorno cuando ésta está ausente. Decrece la ansiedad porque el niño empieza a entender que la ausencia de la madre no es definitiva y que en un momento dado, regresará a casa. En esta fase, los niños a los que su madre les explica el por qué de su salida y el tiempo aproximado que estará ausente suelen llorar mucho menos que los niños a los que no se les da ningún tipo de información.

El final de estas cuatro fases supone un vínculo afectivo sólido entre ambas partes que no necesita de un contacto físico ni de una búsqueda permanente por parte del niño, ya que éste siente la seguridad de que su madre responderá en los momentos en los que la necesite.

El origen de la teoría del apego puede rastrearse en la publicación de dos artículos de 1958, uno de John Bowlby, “the Nature of the Child’s Tie to his Mother”, que presenta el concepto del “apego”, y otro de Harry Harlow, “The Nature of Love”, basado en sus experimentos en que los macacos prefieren el apego afectivo a la comida.

Más tarde Mary Ainsworth (1913-1999) en su trabajo con niños en Uganda, encontró una información muy valiosa para el estudio de las diferencias en la calidad de la interacción madre-hijo y su influencia sobre la formación del apego. Ainsworth encontró tres patrones principales de apego: niños de apego seguro que lloraban poco y se mostraban contentos cuando exploraban en presencia de la madre; niños de apego inseguro, que lloraban frecuentemente, incluso cuando estaban en brazos de sus madres; y niños que parecían no mostrar apego ni conductas diferenciales hacia sus madres. Estos comportamientos dependían de la sensibilidad de la madre a las peticiones del niño.

La teoría del apego tiene una relevancia universal, la importancia del contacto continuo con el bebé, sus cuidados y la sensibilidad a sus demandas están presentes en todos los modelos de crianza, con variaciones según el medio cultural, pero manteniéndose la universalidad de la importancia del apego.

«Un niño que sabe que su figura de apego es accesible y sensible a sus demandas les da un fuerte y penetrante sentimiento de seguridad, y la alimenta a valorar y continuar la relación» (John Bowlby).

Los programas de tratamiento y prevención de “falta de afecto” incluyen trabajos de Alicia Lieberman (“Psicoterapia Padres-niño”), Stanley Greenspan (“Tiempo de piso”), Mary Dozier (“Estado autónomo de la mente”), Robert Marvin (“Círculo de Seguridad”), Daniel Schechter (“Comunicación intergeneracional de trauma”)y de Joy Osofsky (“Iniciativa de Arranque Seguro”).

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